martes, 10 de enero de 2012


        Un día, siendo aún niña, comenzó a contar todo lo que se le ocurría. Al principio sólo la escuchaban los chiquillos de su edad; más tarde, cuando se hizo mayor, corrió la voz entre la gente de la comarca, que acudía ilusionada para escuchar a la cuentacuentos, cuya fama se propagó entre las diferentes generaciones.  Madò Coloma se aficionó a contar en las tardes del invierno y en las cálidas veladas del verano, y al llegar la navidad, sus relatos se convirtieron en una tradición.
Ocurría siempre: cuando alcanzaba un punto culminante, cortaba la narración y la dejaba para la jornada siguiente, asegurándose de esta forma la clientela, porque inventar sucesos y crear suspense formaban parte de su vida, de su felicidad y de sus aspiraciones. Su imaginación era inagotable, pero debía ponerse en situación, “en trance”, como solía decir, para que la inspiración fresca y nítida acudiera a su mente. Esta consistía en cerrar los ojos y repetir la frase clave: “pues señor, había una vez…”, y al pronunciar la señal, las ondas llegaban a  su cerebro y su lengua se desataba.

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