Un día, siendo aún niña, comenzó a
contar todo lo que se le ocurría. Al principio sólo la escuchaban los
chiquillos de su edad; más tarde, cuando se hizo mayor, corrió la voz entre la
gente de la comarca, que acudía ilusionada para escuchar a la cuentacuentos,
cuya fama se propagó entre las diferentes generaciones. Madò Coloma se aficionó a contar en las tardes
del invierno y en las cálidas veladas del verano, y al llegar la navidad, sus
relatos se convirtieron en una tradición.
Ocurría
siempre: cuando alcanzaba un punto culminante, cortaba la narración y la dejaba
para la jornada siguiente, asegurándose de esta forma la clientela, porque
inventar sucesos y crear suspense formaban parte de su vida, de su felicidad y
de sus aspiraciones. Su imaginación era inagotable, pero debía ponerse en
situación, “en trance”, como solía decir, para que la inspiración fresca y
nítida acudiera a su mente. Esta consistía en cerrar los ojos y repetir la
frase clave: “pues señor, había una vez…”, y al pronunciar la señal, las ondas
llegaban a su cerebro y su lengua se
desataba.